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2012
FEDERACIÓN
NIGERIANA DE
PARASOCCER
Nigeria es uno de los tres últimos países donde la polio es endémica. El norte es un santuario para el virus, que viaja desde allí por todo el globo.
En 2015, por primera vez en la historia, no se registró ningún caso. Un año después, la OMS certificó que el país había detenido la transmisión de la enfermedad. Era el último país de África.
En cuestión de meses, la esperanza se desvaneció. Dos nuevos casos aparecidos en 2016 dieron al traste con los esfuerzos por sumar un nuevo continente libre de polio.
La polio es una de esas enfermedades infecciosas capaz de desollar el mapa hasta dejarlo libre del pellejo de fronteras sobre el que se impone la realidad. En esa geografía hipodérmica, el virus viaja desde santuarios como el de Nigeria para reivindicarse a base de estragos en cualquier otra parte del planeta.
En solo dos años, el penúltimo brote de polio en su refugio africano contagió a 232 niños en otros cuatro países. Sin visado, sin pasaporte. Los casos registrados en 2016, tras casi dos años de esperanza, ponen de nuevo en riesgo toda la región del lago Chad.
El brazo flácido de Issa Amadu se convirtió en asunto de estado cuando, en 2015, Nigeria constató que, por primera vez desde que se lleva la cuenta, no había registrado ningún caso de polio. El pequeño quedó paralizado en julio de 2014. Un año después, sin que se hubiesen reportado tampoco casos derivados de la cepa nigeriana en otros países, la OMS certificaba que el país había detenido la transmisión del virus y lo excluyó de la lista negra.
Con África "libre de polio" durante dos años y Pakistán y Afghanistán como únicos reductos endémicos, la meta de erradicar la enfermedad para 2019 era plausible.
El logro supuso un espaldarazo a una década de esfuerzos en Nigeria, donde el número de casos se redujo desde los 1.222 registrados en 2006 a solo seis en 2014.
El mejor escudo de la polio en Nigeria ha sido, hasta ahora, el rechazo a la vacuna, una lacra que comparten los tres países endémicos. Según los últimos datos comparables de UNICEF, el 33% de los casos de polio registrados en 2012 se dieron en niños cuyos padres se negaron a darles las gotitas, como le ocurrió a Issa. El porcentaje casi duplica los de Afganistán (18%) y Pakistán (12%).
Las razones de esa oposición reflejan la estructura social y demográfica, como lo hace la incidencia de la enfermedad misma. Es mayor en los estados del norte, que acumulan el 95,83 por ciento de los casos registrados entre 2010 y 2016, y de entre ellos, Kano se lleva la palma.
En Kano, las mobilizadoras de UNICEF, una de las agencias que lideran la iniciativa para erradicar la polio, vagan por calles como las del distrito de Hotoro, donde el rechazo solía ser uno de los más elevados de la ciudad, según Priyanka Khana, responsable de Comunicación para la Polio.
Las agentes, la mayoría mujeres a quienes resulta más fácil entrar en las casas para convencer a las madres, aprovechan cualquier oportunidad para administrar a los pequeños las dos gotitas de la vacuna. Cualquier niño solo, en la calle, cuyo dedo no esté marcado con rotulador (signo de que ya ha tomado la vacuna), es un objetivo potencial. El equipo de vacunación se lanza a por ellos cual depredador hacia una presa, todo para vencer la oposición de los progenitores y alcanzar los números a los que deben llegar en cada calle de cada barrio de cada ciudad para inmunizar a toda la población del país.
En no pocas ocasiones, el rechazo a la vacuna ha sido directamente incitado por grupos deseosos de explotar su capital político. Entidades religiosas y políticas, grupos rebeldes, paramilitares o terroristas se han posicionado en contra de la vacunación con el objetivo de favorecer o imponer sus intereses ante una población a menudo analfabeta, marginada o aislada.
El mensaje cala. En Nigeria, la malaria mata a miles de personas al año y hace que la gente se pregunte por qué la polio es más urgente. En el caso de los fulani, una etnia nómada que puebla el norte rural y habla su idioma en lugar del mayoritario hausa, el sentimiento de aislamiento les lleva a desconfiar de las instituciones nacionales.
El abandono gubernamental también contribuye. Kano es el estado donde ha habido más casos entre 2010 y 2013 (67 casos, la cuarta parte de todos los registrados). También es el estado más poblado, con más de 13 millones de personas, un siete por ciento del total del país. Su PIB per capita, sin embargo, es cinco veces inferior a la media nacional.
Allí, la mayor incidencia de la enfermedad está ligada a las condiciones de vida, pero también casa con una población mayoritariamente musulmana (un 98 por ciento frente al 50 por ciento calculado para todo el país).
En 2003, las autoridades religiosas de los estados norteños de Kano, Kaduna y Zamfara, declararon un boicot a la vacunación contra la polio. Fue una catástrofe. Entre 2004 y 2006, Nigeria acumuló la mitad de todos los casos del planeta.
Uno de los rumores más extendidos fue que la vacuna provoca infertilidad en los niños, una reinterpretación del recelo que los líderes islámicos decían sentir hacia la medicina. En Nigeria, la desconfianza se alimentó, como ocurrió en India, de las políticas gubernamentales de control de la natalidad en los ochenta. Y creció después de que en 1996 cinco niños muriesen en Kano tras haber tomado Trovan, un medicamento experimental contra la meningitis para cuyas pruebas se usó a niños nigerianos como conejos de indias. Algo similar ocurrió en Siria en 2014, donde murieron decenas de niños por una vacuna contaminada contra el sarampión.
Diez años después, los nueve estados calificados "de alto riesgo" siguen pagando aquella factura, con Kano a la cabeza.
Nigeria lleva casi el mismo tiempo luchando contra la polio que jugando con ella. En 1988, cuando arrancaba la campaña para erradicarla, un grupo de jóvenes afectados por la enfermedad decidió fundar la Federación Nigeriana de Parasoccer, un deporte en el que el equipo local de Kano ha logrado imponerse. Por aquel entonces se bautizó como ground-handball o balonmano de suelo.
El juego, que imita el fútbol, es sencillo: en lugar de usar las piernas inutilizadas por la parálisis flácida, se patea un balón con las manos. Y se corre en monopatín.
Cada año se celebra un campeonato que marca el Día Mundial contra la Polio, el 24 de octubre. Desde 2013, el Kano Pillars, que lleva el mismo nombre que el equipo de fútbol estatal, ha ganado todas las competiciones salvo una, incluyendo los dos títulos de liga nacional que se han celebrado desde la creación del torneo en 2016.
Desde 2012, la lucha contra la polio en Nigeria se ha librado en dos frentes. La amenaza que representa Boko Haram, el grupo terrorista afiliado a Estado Islámico, ha convertido el estado de Borno en un agujero negro.
Ha sido allí donde la enfermedad se ha revelado para dar al traste con las esperanzas de aquella África libre de polio del 2015. En septiembre de 2016, apenas dos meses después de que la OMS certificase que Nigeria no era país endémico, el Gobierno confirmaba dos casos registrados. A final de año, la cuenta se elevaba a cuatro.
El grupo yihadista ha atentado directamente contra el personal que trabaja en las campañas de vacunación, al estilo de los taliban en Afganistán y Pakistán. Desde que en febrero de 2013 nueve trabajadoras muriesen tiroteadas en dos centros de vacunación en Kano, los equipos de las agencias internacionales viajan sin ningún tipo de distintivo visible.
El riesgo mortal, que es plaga en los países asiáticos, y la incapacidad de acceder a buena parte de los tres estados en la frontera nororiental (Borno, Yobe y Adamawa) llevó a los gobiernos de Chad, Camerún, Níger y República Centroafricana, además de Nigeria, a decretar el estado de Emergencia de Salud Pública a finales de 2016. Como en Siria e Irak, el propósito ha sido prevenir el contagio entre los refugiados que huyen de la violencia en las regiones bajo control de la guerrilla.
Más allá del miedo, Boko Haram no es el único responsable por el regreso de la polio. La enfermedad nunca se fue realmente. El brote de 2016 no fue provocado por una nueva cepa, el virus que lo causó había estado circulando por la región desde 2011. Pasó desapercibido.
Los fallos en la monitorización parecen obvios a la luz del mapa. Desde 2013, cuando el Ejército nigeriano se desplegó, Borno quedó prácticamente en estado de sitio. Entre 2011 y 2015 solo se ha realizado una campaña de vacunación o "actividades de inmunización suplementaria" de las 30 que se llevaron a cabo en los doce estados con alto riesgo de transmisión en el norte.
Por entonces, la tasa de vacunación era 26 puntos inferior a la media nacional y ni siquiera llegaba a la mitad de los niños. La cobertura geográfica apenas alcanzaba el siete por ciento en las campañas monitorizadas por la GPEI, mientras casi el 95% de las casas figuran como "no visitadas" en el Sistema de Rastreo de Vacunación, una aplicación que permite el seguimiento de los equipos a través de satélite y teléfono móvil.
En 2016, las tornas se volvieron justo después de declararse el estado de emergencia en la región del Lago Chad, justo como ocurrió tras el brote en Siria e Irak. Siguiendo la estrategia de empotramiento en el dispositivo de ayuda humanitaria ante la crisis de refugiados, más de un millón de niños fueron vacunados en cinco rondas durante cinco meses, lo que hizo caer el porcentaje de hogares perdidos de forma crónica, esos lugares "invisibles", hasta el 33 por ciento y aumentó la cobertura hasta rozar el 90% del territorio.
Dos años después de aquella promesa rota de Issa, Nigeria intenta volver al redil de los países libres de polio. Los esfuerzos hechos en el último año parecen dar frutos. Entre enero y octubre de 2017 no ha habido ningún caso de polio, lo que devuelve el recuerdo de 2015.
A cambio, el país ha ganado en compromiso por parte de las instituciones públicas, desde los gobiernos federal y estatales, a agrupaciones religiosas y líderes tribales que colaboran, como los mismos supervivientes de la enfermedad, en la lucha anti-polio.
También en infraestructura y concienciación sanitaria. La necesidad de llegar al último rincón ha hecho que el Gobierno, apoyado por las agencias de la GPEI, multiplique el número de dispensarios y clínicas repartidos por el país, especialmente en las zonas rurales. Es parte del programa post-polio que en India está consiguiendo mejorar las condiciones de vida, higiene y salud especialmente entre la población más vulnerable.