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India ha sido el último país del planeta en erradicar la polio. Nadie contaba con ello. Su vastísima población, el goteo anual de casos y el escepticismo sobre la capacidad de mapear un territorio inhóspito en regiones como el norte, auguraban que sería el último país en eliminar la enfermedad.
En 2014, contra todo pronóstico, fue declarada libre de polio, y con ella, toda la región del sudeste asiático.
Para llegar hasta al último niño, el dispositivo que hizo posible la hazaña tuvo que sortear un clima que mantiene aislada buena parte del país durante meses, encontrar los 27 millones de niños que nacen cada año, perseguir a los 21 millones de personas que cruzan el territorio diariamente y remendar la herencia de un sistema de castas que ha generado un enorme volumen de población viviendo en la miseria de forma crónica.
Como recompensa, los esfuerzos han fructificado en mejoras sanitarias, pero también laborales y sociales para la población más vulnerable.
El estado norteño de Bihar, en la frontera con Nepal, es uno de esos lugares del mapa que el monzón convierte en prácticamente inaccesibles durante cuatro meses al año. También es uno de esos lugares que, año tras año, sumaban números a la cuenta en contra de la lucha por erradicar la polio.
Bihar, junto a Uttar Pradesh, ha sido el último y más persistente reducto de polio en India. En 2009, 107 comunidades en ambos estados acumulaban el 80% de los niños paralizados. Los dos comparten una demografía deprimida y forman parte del cinturón de transmisión del norte, ruta de trabajadores y peregrinos entre Paquistán, Nepal y Bangladesh al pie del Himalaya, donde nacen los ríos que mueren en el Ganges e inundan cultivos, carreteras y pueblos.
Cada año, el distrito de Dharbanga, en Bihar, ve crecer el Kosi, uno de los afluentes más caudalosos del Ganges. En la temporada de lluvias, los cauces secos que lo alimentan se transforman en torrentes. El río cuadruplica su tamaño y borra caminos donde antes solo se dejaban intuir en el lodo árido.
Uno de esos caminos lleva a la aldea de Gulma, rodeada de arrozales, caña de azúcar y dhal. O de agua, según la época. La carretera asfaltada acaba a unos 10 kilómetros, donde las crecidas no alcanzan, el resto, se hace en barca. Allí, en el centro administrativo de la circunscripción de Kusheshwar Asthan, que hace las veces de municipio, están el mercado, la escuela secundaria y las oficinas para solucionar cualquier papeleo.
También está la clínica a la que acudir por cualquier problema que no se cure con una tirita. Ante una emergencia, los vecinos de la zona tienen que andar hasta 40 kilómetros con los enfermos a cuestas y pagar 40 rupias (xx euros) por cruzar el río. En Gulma sí hay, sin embargo, un dispensario rural materno-infantil conocido como anganwadi. El Gobierno los instaló por todo el territorio en 1975 para combatir la malnutrición y mortalidad infantil. UNICEF y el Ministerio de Salud lo utilizan como centro de operaciones para las actividades de vacunación contra la polio al otro lado del río.
En 2015, la electricidad aún no había llegado a Gulma, pero los 300 vecinos de la aldea ya advierten los trabajos de instalación gracias a la flamante nueva carretera que se dibuja entre la bruma. Del agua potable tampoco se fían porque, aunque hay un pozo con bomba, "tiene mucho hierro", según Anita Debi, la mukhiya, una especie de alcaldesa.
Solo en Darbangha, hay unos 3.500 lugares como Gulma, sitios remotos de difícil acceso donde el Gobierno indio y las agencias de la GPEI han instalado puntos de inmunización. Una vez al mes, los oficiales del Ministerio de Sanidad los recorren para vacunar a los niños cuyas madres persiguen las movilizadoras de UNICEF.
Con el monzón, se activa el plan especial para la región, todo un reto logístico.
Llegar hasta allí durante las campañas de vacunación ha sido un desafío necesario. Para muestra, una cepa: de los 79 casos de polio tipo uno (una de las tres cepas del virus; el tipo dos fue erradicado en 19xx) registrados en India en 2009, una tercera parte se dieron en solo 41 circunscripciones de la cuenca del Kosi. La mayoría de esos blocks están habitados por campesinos y jornaleros, miembros de las castas más bajas de la sociedad india, para quienes se reservaban los trabajos manuales.
Muchas familias viven, además, en un constante tránsito. Durante la temporada de lluvias, trabajan el campo en casa; en los meses secos, entre octubre y julio, viajan para empeñarse de peones y obreros a las afueras de las ciudades en lugares como los hornos de ladrillos.
En el horno junto al Ganges a las afueras de Patna, la capital del estado de Bihar, trabajan 200 personas. Eso son, según el capataz, 125 familias que llevan viniendo años o llegan recomendadas. Nadie se instala por las buenas. Las mujeres, maridos y niños utilizan los mismos ladrillos que fabrican para construir las chabolas que habitarán durante ocho meses, de noviembre a junio.
Ese transitar es una de las razones que explican el enquistamiento y transmisión de la polio en el norte. Cada año, nueve millones de personas se mueven en India en busca de trabajo, más que toda Andalucía, la región más poblada de España. Según la última Encuesta Económica del Gobierno, que utiliza datos de transporte ferroviario (con 21 millones de pasajeros diarios), la cifra total de migrantes se situaba en algún punto entre los 100 y los 500 millones de personas en 2016, de acuerdo a diversos cálculos, lo que supone de un 17 a un 29 por ciento de la fuerza de trabajo en constante itinerancia, ya sea por períodos más largos o más cortos.
Y la mayoría de esos temporeros provienen de Bihar y Uttar Padresh, donde el flujo de migrantes laborales dentro del mismo estado es cuatro veces mayor a la corriente de un estado a otro.
Perseguir a cada niño en el inabarcable trasiego indio ha supuesto un esfuerzo titánico que hubiese sido imposible sin el empeño de las instituciones públicas. Como recompensa, el trabajo ha repercutido en ciertas mejoras para la población más vulnerable, como los trabajadores de los hornos, uno de los grupos más expuestos a nuevas formas de esclavitud, según el Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU y la Organización Internacional del Trabajo.
Las campañas de vacunación han asegurado, por ejemplo, la exposición de grupos enteros de personas invisibles, trabajadores no organizados ni registrados desprovistos, por tanto, de cualquier derecho laboral o cobertura sanitaria, y que se han rastreado hasta por satélite.
También han hecho llegar hasta el lugar de trabajo a los vacunadores del Ministerio de Sanidad, empleados ahora en sacar provecho de las campañas de inmunización contra la polio a través de un programa de "legado" que ha ampliado la vigilancia contra enfermedades como el sarampión y la rubeola y la cobertura de otras vacunas infantiles.
En el segundo país más poblado del globo, no existen números relativos en la lucha contra la polio. Con más de mil millones de habitantes cualquier porcentaje, por pequeño que sea, parece inconmensurable cuando se traduce en vidas.
Un sesgo del 10 por ciento en la cobertura de vacunación contra la polio, el máximo que se concede la GPEI para garantizar la inmunización de la población, equivale a más de 12 millones de niños menores de cinco, o a toda la población de Cataluña y la Comunidad de Madrid juntas. El 32 por ciento de la población urbana que vive en arrabales insalubres en 2015 son más de 133 millones de personas, según el Programa de la ONU para Asentamientos Urbanos. Eso es un gueto del tamaño de México.
La determinación de vacunar "hasta el último niño" ha llevado a mapear todo el país como nunca antes con el fin de dar con las bolsas donde se cebaba el virus.
En los suburbios a orillas del río Yamuna, en Agra, los colores de las casas hacen juego con la tela de los saris que se secan sobre el lodo rojizo. En el edificio donde dan clases los alumnos de la escuela Bali Mohamed, docenas de niños uniformados se preparan para tomar las calles como parte del programa Indradhanush, "Arcoiris", con el que el Ministerio de Sanidad quiere despertar, literalmente, la concienciación sobre la vacunación.
El pequeño ejército armado de pancartas y carteles escritos a mano deja atrás las paredes desconchadas y los charcos en el suelo del almacén donde da clases y abarrota los callejones del barrio en un griterío imposible de ignorar. El espectro que invoca el programa equivale a cada una de las vacunas recogidas en el calendario para menores de cinco años. La marcha acaba en uno de los puestos extramuros de inmunización: un par de sillas y una mesa en un rincón con vistas al Taj Mahal.
En Uttar Pradesh, el Gobierno indio ha copiado una de las estrategias que UNICEF clama como más exitosas del programa anti-polio: los Bulawa Toli, o grupo de aviso, una compañía de niños voluntarios que salen en manifestación para avisar a los padres de que toca vacunar a los niños los días de campaña.
El objetivo es concienciar e informar en un estado donde la demografía juega en contra. En la ciudad misma en la que se levantó la única maravilla del mundo consagrada al amor, según la leyenda, más de medio millón de personas viven en condiciones extremas, la mayoría sin agua, electricidad o baños en casa, y la tasa de analfabetismo roza el 30 por ciento de la población, según el censo de 2011.
A ello se une una de las mayores ratios de población musulmana entre la que se ha cebado el rechazo a la vacuna por razones históricas y sociales, como ha ocurrido en Nigeria.
En 2015, solo un año después de que India fuese declarada libre de polio, el país aguantaba la respiración mientras en los laboratorios de Mumbai, la capital económica, se analizaban más de 200 muestras enviadas desde Uttar Pradesh de niños entre cinco y 15 años cuyos síntomas cuadraban con la parálisis flácida provocada por la polio.
La sombra del virus aún planea entre las autoridades, que vitorean el logro con cautela y la mirada puesta en el vecino Pakistán. La lección de Nigeria, que salió de la lista de países endémicos para volver a entrar un año después, ha enseñado que el virus es un tenaz contrincante.
La esperanza la alumbra India, convertida en ejemplo inesperado para el mayor esfuerzo humano por erradicar una enfermedad.